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Barajar y dar de nuevo

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“Por primera vez en nueve años me siento inferior al (Real) Madrid”, con esa declaración, Gerard Piqué describió a la perfección la actualidad que vive el Fútbol Club Barcelona. No solo es solo una frase de un futbolista culé fanático de su equipo y que tiene aspiraciones a ser presidente del club en un futuro no muy lejano, sino que también habla de una identidad que se fue perdiendo con el correr de los años.

Todo comenzó en los años setenta, con la llegada de Laureano Ruiz a la formación juvenil del Barcelona. En su primer día como coordinador de las divisiones inferiores, más conocidas como “La Masía”, se sorprendió con un cartel en la entrada del club, que le indicaba a los padres que llevaban a sus hijos a probarse (para ver si podían jugar allí) que, si éstos últimos no tenían una altura superior a los 1.75 metros, debían dar media vuelta y marcharse. Espantado, tomo su primera gran decisión: sacar el cartel. A partir de ese momento, comenzó una metódica selección de los jugadores, que más tarde llegarían al primer equipo, y de los entrenadores.

En 1976, llegó el holandés Rinus Michels, entrenador sensación por armar uno de los mejores equipos de la historia, la Selección holandesa de 1974. En dicho conjunto, coincidió con Johan Cruyff, uno de los futbolistas más influyentes dentro y fuera de la cancha. En Barcelona, volvieron a estar juntos. Michels fue el maestro de Cruyff, quien diez años más tarde se sentaría en el banquillo, junto con Carles Rexach, el principal responsable de que Lionel Messi juegue en España. El “Holandés volador” fue el autor intelectual del primer gran equipo del Barcelona: el Dream Team, con grandes jugadores como el búlgaro Stoichov, el francés Laudrup, el holandés Koeman y el portugués Eusebio, entre otros. El más importante de todos los integrantes esa camada no fue un jugador con renombre internacional, llegado desde otro equipo a cambio de millones de dólares, sino que fue un canterano tímido que poco a poco se fue haciendo un lugar en el equipo: Pep Guardiola. Su rendimiento fue sorpresivo, tanto para Cruyff como para los aficionados.

Desde la salida de Cruyff como entrenador, hasta la llegada de Guardiola en su nuevo rol, pasaron 12 años. Dentro de lapso de tiempo, la idea continuó con técnicos como Van Gaal y Frank Rijkaard, que, pese a tener sus sellos propios, la respetaron y se encargaron de que siguiera por el mismo camino. Como si fuese un auto de Fórmula 1, en esos 12 años se puso a punto el monoplaza y se le corrigieron los errores para que, al llegar el gran piloto, estuviese a punto. Guardiola fue ese gran conductor, por su audacia, valentía y creatividad. Claro está, tuvo la suerte de coincidir con la mejor camada de La Masía: Piqué, Xavi, Iniesta, Messi, Busquets y Fábregas. Antes o después, todos hicieron su debut en el primer equipo, algunos de la mano de Guardiola, otros no. En cuatro años, ganó 14 títulos, entre los que se destacan 2 Champions League y 2 Mundiales de Clubes. No solo eso, su equipo es considerado por la gran mayoría del mundo del fútbol, como el mejor de la historia. Lo que generó fue un giro de 180 grados en dicho deporte. Las formas de pensar cambiaron, las ideas se renovaron y muchos entrenadores jóvenes buscaron imitar su sello: presión alta, recuperar la pelota lo antes posible, y la posesión como bastión, para desarticular las líneas del rival y hacer daño de manera sorpresiva con intérpretes distintos. Allí brilló Lionel Messi, para muchos, el mejor jugador de todos los tiempos. Sin él, las gestaciones fantásticas del mítico mediocampo (Xavi, Iniesta y Busquets) no hubiesen tenido una finalización a la altura del nivel de juego. Rompió todos los récords, los pulverizó. Transformó la historia a su antojo.

El 23 de mayo de 2012, “Pep” dejó su lugar, para buscar nuevos desafíos y reinventarse, cansado ya de la rutina habitual y de la comodidad que le generó estar en su casa, el Barcelona. Ese fue el primer paso hacia la perdida de la identidad. El segundo, fue cuando Xavi Hernández, sucesor natural de Guardiola, anunció, el 26 de mayo de 2015, que se iría a jugar a Qatar. En lugar de reemplazar sus ausencias con jugadores y entrenadores de jerarquía, que siguieran con la Filosofía Culé, se erraron las contrataciones. El Tata Martino no pudo con la grandeza de semejante club. Fue devorado por un mundo nuevo y complejo. Luego de su alejamiento, se contrató a alguien más compatible con la idea: Luis Enrique. Su buena producción al frente de la Roma le abrió la puerta con la que siempre había soñado: volver al equipo culé, pero esta vez, como entrenador. Si bien su paso tuvo más momentos favorables que fallidos, tuvo la fortuna de que Messi, Neymar y Luis Suárez maquillaran la ineficacia defensiva y el tambaleo en la mitad de cancha. Su título más importante fue la Champions de 2015, con un tridente ofensivo que quedó en los libros de fútbol.

Esa fue la última gran satisfacción de la institución catalana hasta el día de hoy. Las eliminaciones en las últimas ediciones de la Liga de Campeones se vieron potenciadas por los títulos del Real Madrid en dicho certamen, en 2016 y 2017. La gota que rebalsó el vaso fue la última semana. A la salida de Neymar, a cambio de 222 millones de euros, se le sumó la dolorosa derrota con contundencia ante los Merengues en la Supercopa de España, con un resultado global de 5 a 1. Para colmo, la renovación de Messi se estira cada vez más, y su futuro es incierto. Si hay un motivo por el cual todavía sigue vistiendo la 10, es por su inmenso amor hacia el club que tanto le dio.

En la adversidad, Barcelona tendrá que tener la cabeza fría, barajar y dar de nuevo. Lo manda su historia.